IRENE TIENE OJOS TRISTES – CAPÍTULO 3

 

Desde la voz de Irene

El tiempo cobra venganza una vez más. Tengo trece años y Juan me ha traicionado. Me fui una semana a casa de la abuela y regreso para encontrarlo leyendo libros con una mona insípida. ¿A caso quién es ella? Corro muy rápido. Esa era nuestra roca. Ese era nuestro lugar secreto. Pero ya no. Sigo corriendo. Brota desesperada el agua del alma, como le llama la abuela. Estoy invadida de tristeza. Juan era mío, mi amigo, lo sería para siempre. Ahora ya no. Escucho el sonido de mi corazón cuando se rompe. Ese sonido es aterrador. Tengo el corazón roto. Grito de dolor. Alguien enciende la luz. Es mi madre. No puede ser, una vez más la despierto a la madrugada con un grito de loca. Se acerca, no la miro, estoy avergonzada; nunca cesan mis pesadillas. Quiero morir. Extraño a Juan. Finjo dormirme sin dirigirle la palabra a mi madre, lamento tanto que ella tenga una hija como yo, no la merezco. Juan, ¿dónde estás? Mi madre apaga la luz, se va, pero sé que por mi culpa no dormirá más. Se irá a su cuarto a llorar y a cuestionarse en qué falló como madre. Quisiera explicarle que no es ella, que soy yo, que nací rota, que he vivido rota, es más, ojalá pudiera decirle que ni siquiera vivo, que tan solo sobrevivo a mí misma.

Ya amaneció, no dormí el resto de la madrugada. Una mujer como yo, que no es persona, que no es nada, no merece el sol, ni la luna, ni a mi madre. Escucho que se mueve en la cocina. En pocos minutos me traerá el desayuno, pero el día está demasiado bello para mí. Necesito que llueva. Han desaparecido todas las pastillas, y todo lo que pueda cortar: ella se aseguró de que no me volviera a lastimar. Aunque llueva, no podré hacerme daño. Maldita sea mamá, no me quieras tanto, déjame ir.

Ya van muchos días sin saber vivir; te extraño Juan. ¿Cuántos años han pasado desde que te fuiste? ¿Siete años? Siete años es demasiado tiempo sufriendo. ¿Por qué te fuiste detrás de mí? Mejor te hubieras quedado con la mona insípida, me hubieras dejado correr y correr, pero no, tenías que ir por mí y explicarme que no me habías traicionado, que esa mona ya estaba ahí, que no la conocías, que fue coincidencia que estuviera en nuestro mismo lugar. No debiste Juan, no debiste cruzar la calle sin ver a ambos lados. No debiste angustiarte por mí, pero siempre te preocupaste por mí, siempre decías que sería tuya para toda la vida, pero toda la vida fue muy poco tiempo, y ahora no estás. ¿Por qué no llueve? Necesito levantarme de esta cama e ir a verte de nuevo al cementerio, hablar contigo, necesito llevarte un diente de león. ¿Recuerdas cómo te gustaban? Éramos felices, pero lo arruiné. Lo arruinamos y ya no estás más, y yo, y yo no sé cómo explicarle a la vida que la muerte me necesita con ella, porque con la muerte estaré mejor; si estoy con ella, estaré contigo Juan. Estoy llorando de nuevo. Entra mi mamá con la bandeja del desayuno. Cierro los ojos rápidamente para que crea que estoy dormida, pero me dice que ya sabe que estoy despierta, que no me preocupe, que me dejará sola.

Ella se fue. Sufre demasiado por mí. Y yo sufro demasiado por ti.

Me levanto de la cama, quiero ducharme pero escucho unas llantas rechinar en el asfalto de la calle, y todo se viene a mi mente de nuevo: sufro otra vez. Me llamas, —Irene, para, te vas a matar— y yo te digo —sí, tonto, me voy a matar—. Cruzo la calle imprudentemente, porque así era yo, pero tú no, tú me regañabas, decías que estaba loca; siempre debías mirar muy bien antes de cruzar, pero el desespero por explicarme no te dejó pensar, y también cruzaste, y me llamaste de nuevo —Irene, espera que…— pero no dijiste más, luego escuché las llantas rechinar y el ruido de un auto estrellarse contra algo. Me detengo. La gente corre. La gente corre. La gente corre. Volteo a ver. Hay sangre, mucha sangre. Sangre. Es sangre. Llevo mis manos a mi rostro, quiero vomitar. Hay algo húmedo en mis manos. Me miro las manos, es sangre. Hay sangre por todas partes. La sangre sale de mi boca, de mis ojos, de mi nariz, de mis oídos. Juan, no te vayas, por favor. ¡Juan!

Me desmayé. Mi madre me encontró sin sentido en el suelo luego de escuchar que gritaba tu nombre. Ya no diferencio los recuerdos del presente. Ya no sé qué es real, ya no sé qué sucedió y qué no. Solo sé que no estás y que todo me llueve por dentro, y que todo por fuera es tan ajeno a mí, que me desconozco, no soy de aquí, soy de donde estés. Llévame contigo. Ya no quiero extrañarte tan desgarradamente.


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Sobre nosotros Jarhat Pacheco

Joven escritora colombiana.

2 comentarios

  1. Necesito leer el capítul, :'(

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