IRENE TIENE OJOS TRISTES – CAPÍTULO 4

 

Irene y un nuevo terapeuta

 

Hay momentos en la vida que te definen más que otros. Hay momentos que te marcan con hierro y fuego, y aprendes, y entiendes que no volverás a ser igual que antes, entiendes que las oportunidades se hacen escasas y que, tal vez, inconscientemente, ignoras a las pocas que te quedan.

—Éramos muy pequeños, demasiado inocentes para entender el dolor, demasiado niños para asimilar un alma completamente despedazada. Las tragedias son impredecibles, y nunca sabes con exactitud qué tanto se marcará tu existencia. Yo pude ser una niña normal, una adolescente feliz y caprichosa con su maquillaje y las revistas tontas que leen las adolescentes. Pero no lo fui. Cuando cumplí catorce años, gritaba su nombre encerrada en un cuarto cubierto de colchones blancos, suplicando que alguien me lo trajera de vuelta, que sabía que estaba vivo, que sabía desde el fondo de mi corazón que ese accidente no había sido real. A veces solo susurraba que lo extrañaba, que su muerte era mi culpa, que me perdonaran, que me dejaran morir. Otras veces enloquecía ferozmente; me enfurecía conmigo, me golpeaba con los puños en mi rostro, y cuando me amarraban con esos cinturones negros a la cama, me mordía las mejillas por dentro, y luego venía una enfermera a inyectare y todo se tornaba de un aterrador negro: siempre terminaba sedada. Necesitaba dañarme, necesitaba castigarme. Pero nadie parecía entenderlo. Castigarme me ayudaba a calmar mi culpa— Irene estaba al borde de las lágrimas, hablar del tema después de mucho tiempo no era fácil, así que decidió que sería mejor detenerse antes de colapsar en el consultorio. Rápidamente se dio cuenta de que el doctor prácticamente no habló, y se frustró un poco, aunque también era un alivio—  ¿Doctor, usted me entiende? No me ha dicho nada, es nuestra quinta sesión y por primera vez puedo hablarle, y cuando lo hago, usted solo se queda callado.

— Irene, creo que has sido muy valiente. No he hablado porque me has parecido tan inteligente y tan madura, que me sorprende que seas mi paciente y no mi terapeuta— dijo el doctor Francisco con una actitud graciosamente ceremoniosa. Irene no pudo entender el chiste, pero sonrío como lo hacía siempre, para no defraudar a nadie. La sesión terminó con una Irene extrañada porque no recibió las típicas palabras de aliento y de “la vida es bella, vive” que había recibido de los últimos cinco terapeutas. El doctor Francisco se dedicó a escucharla y la despidió con un “nos vemos el viernes”. ¿Pero por qué él no le dijo algo alentador? No era que lo necesitara, pero era lo acostumbrado.

Su mamá la estaba esperando en la recepción del consultorio, e Irene se quedó plantada a unos pasos delante de ella, y para su sorpresa, pudo ver a su madre a los ojos. Llevaba años sin hacerlo, ver a su madre a los ojos la avergonzaba, pero después de la consulta, y sin darse cuenta, estaba ahí, notando que su madre había envejecido, que tenía el rostro muy delgado y pálido, y que además la miraba con una mirada de inmenso amor cansado. Entendió que mientras se dejaba caer a un abismo queriendo morir, su madre se dejaba arrastrar por ella, porque eso hacen las madres, están en los momentos felices, pero sobre todo, en los más tristes. Irene, en frente de su mamá, se preguntó si volvería a tener otra oportunidad para ser feliz. Había perdido cualquier esperanza de futuro, porque simplemente no se imaginaba un futuro; si seguía viva, era por la lucha incansable de su mamá para no dejarla ir. Y nada más.

Algo que Irene no sabía, era que su mamá sí que iba a morir, y pronto, y por esa razón se le veía tan delgada, tan envejecida. El cáncer avanzaba demasiado rápido, y por su bien, ella no le había mencionado nada. Irene siempre estaba sumergida en su dolor inacabable, ¿cómo iba ella a aumentar el dolor de su hija? Claro que en algún momento tendría que decírselo, pero confiaba en que el último terapeuta la ayudara, porque aunque quisiera, ya no estaría por mucho tiempo al lado de su hija. Necesitaba tener la certeza de que Irene no intentara suicidarse al saber de la enfermedad. Por eso, cuando Irene se le quedó viendo así, se espantó al creer que reconocería su enfermedad, pero su hija había atribuido su aspecto al paso del tiempo que llevaba sin reconocerla ni verla a los ojos. La enfermedad de su mamá le daría un rumbo inesperado a su atormentada vida, y ella no se imaginaba qué tanto iba a querer regresar el tiempo que se ausentó de la única persona que la amaba de manera tan desmedida, y mucho menos imaginaba que se arrepentiría día a día de su egoísta sufrimiento.


Mis comentarios: ¡Hola! ¿Cómo van sus vidas? Yo he vuelto a Irene aunque me daba temor hacerlo. Y lo hice por ustedes, porque han pedido nuevo capítulo muchas veces. Les cuento que escribir este nuevo capítulo fue un poco triste, se me han venido las lágrimas y no pude contenerlas. Espero, de verdad, que les guste este nuevo capítulo, y que por favor no duden en compartir en sus redes sociales, ya que es por ustedes que mis letras no han parado de volar desde aquel julio del 2014 cuando todo comenzó. Si desean leer los anteriores capítulos, dar clic aquí. Y por último, si no están suscrito a mi blog, aquí abajo pueden hacerlo.

Sobre nosotros Jarhat Pacheco

Joven escritora colombiana.

No olvides comentar...