CAPÍTULO 2 – EMANUELA


Enot sonrío. Ella lo sentía.
Al parecer, la humana no era tan estúpida como los otros.

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—Odio sobremanera esto. ¿Y para qué? ¿Para qué me he sacrificado si no puedo ni acercármele? No puedo hacerle saber que aquí estoy. Que me tiene. Que todo estará bien. Que estaremos bien. ¿A caso era esto una misión de honor o de castigo? No sé cuánto tiempo más soportaré en las sombras.

Enot estaba a punto de tocar su límite, y su compañera de misión no estaba segura de qué le preocupaba más, si su compañero y amigo, o la misión. Tal vez, su preocupación era exagerada, pero algo en ella le decía que las cosas no saldrían exactamente como lo precisaba su Rey Atos. Por primera vez, en mucho tiempo, Enot se interesaba en el alma de la humana que protegía, y a diferencia de las otras, no la veía como un envase de la sangre real. Y lo más insólito era que esperaba que ella fuera la princesa. Hasta le gustaba su nombre. Con las otras, jamás se interesó en sus vidas. Le daban igual. Cumplía su misión de protegerlas, pero después de siglos viendo morir a una tras la otra, prefería no interesarse en sus vidas. Pero con esta era diferente, y la mujer taliana notaba el interés con alerta.

Respetaba grandemente a Enot, y estuvo con él en cada crisis, observándolo hablar de ella, y de su intención de acercarse, y al verlo tan desesperado, no pudo evitar recordar la primera crisis de su amigo, y pensó que si esta humana moría, Enot caería de nuevo enloquecido. Desde que fue enviado a la tierra para cumplir la más vergonzosa y asfixiante misión, su único contacto con la vida real, con la única persona con la que había podido conversar frente a frente durante tantos siglos, era ella, su amiga taliana, su incondicional, su confidente, su único polo a tierra: Marla. Por ella no desertó siglos atrás.

Llovía aquella noche en el desierto cuando salió del hoyo negro que lo transportó, y desorientado, siendo su primera vez en la tierra, localizó a la mujer a la que en el Arca, le habían inoculado la sangre de su gran Rey. Para él, era un absoluta deshonra haber sido rebajado de poderoso guerrero guardián en Talia, a niñero de una humana no adulta. Lo que Enot desconocía, era que no sería niñero de una humana, sino de miles, descendientes la una de la otra, y que su martirio no acabaría aunque él le suplicara al Rey que lo dejara regresar a su planeta.

La guerra explotó. Los demás planetas, según lo predicho, se fueron en contra de la tierra, pero esto, como también estaba predicho, no lo perdonó El Creador, razón por la que había explosionado todo el universo para crearlo desde cero, confiando en que la próxima guerra no llegara demasiado pronto. Las expectativas de Enot, en la tierra, eran sumamente deprimentes. Cuando vio cómo habitaban los humanos, en medio de carpas improvisadas en un desierto bajo la lluvia, sintió pena por ellos. ¿Cómo El Creador los amaba tanto si eran tan poco hábiles e inteligentes?

No podía ser visto, sentido, o algo parecido, por nadie. Se acercó a la carpa donde se encontraba “su humana”. La podía sentir despierta, atenta a la lluvia, susurrando para sí misma que afuera había alguien, que iría a ver quién se atrevía a romper las normas de la aldea. Enot sonrío. Ella lo sentía. Al parecer, la humana no era tan estúpida como los otros. Observó expectante cómo ella asomó su cabeza fuera de la carpa girándola de un lado a otro, y tuvo la leve esperanza de que lo viera, pero no fue así. Su esperanza radicaba en creer que la sangre del Rey le daría poderes, esos poderes que solamente el Rey podría tener. Y ni teniendo en sus venas la sangre de un poderoso, pudo verlo.

Pronto los días de inclemente calor de día, y de demoledor frío de noche, se convirtieron en semanas, luego esas semanas en meses. Observaba muy de cerca cada movimiento de la humana, sumido en la soledad y en el silencio, odiándola a ella, odiando su misión, y en especial, odiando la ineptitud de cada humano. Ella, quien tenía 14 años desde la primera vez que Enot la vio, se estaba convirtiendo en una mujer que despertaba el interés en los hombres, y esos hombres, sin inteligencia suficiente para levantar una casa decente, lograban atraer la atención de ella. La despreció al darse cuenta de que ella les correspondía con absurdos coqueteos. En Talia los cortejos eran especiales, amorosos, y distaban mucho de ser tan básicos como los que a la fuerza debía observar. Y casi que sin mayor exaltación, sin un gramo de aceptación a su vida de sombras, habían pasado años, y ella se había casado con un artesano de la aldea y estaba embarazada.

Era tal su amargura, que se olvidó del tiempo. Vivía rezagado a esa mujer, y en su estado de embarazo, se obsesionó con su protección, cuidándola, evitando que se cayera, o que se golpeara cuando debía cargar la leña para cocinar la comida, o cuando transportaba agua del pozo que quedaba a metros de su carpa. Tenía la idea de que cuando naciera el bebé, llegarían todas las respuestas necesarias. Pero no fue así. No fue como lo esperaba.

Nació la bebé, y la madre murió en el parto. Enot creyó enloquecer. Abandonaría la misión. No soportaba más el exilio inmerecido. ¿Por qué él? ¿Cuándo acabaría la dichosa misión? Pensó en desertar, pero cómo huir de El Creador, o del Rey, ¿Cómo? ¿Cómo? Se cuestionaba. No quiso ver a la bebé, igual ella tendría que cuidarse sola, porque él se iría, huiría sin rumbo, sin razón. Su vida como guerrero guardián estaba arruinada. Ahora era el niñero de una bebé, porque al morir la madre, la sangre pasaba a su hija. Pero se marcharía antes de recibir nuevas órdenes, no estaba dispuesto a pasar más tiempo de su eternidad hundido en el absoluto silencio. No lo haría, aunque Atos mandara a buscar por él, jamás lo obligarían.

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Enot, en ese justo momento de ira y de frustración, maldijo en el desierto a todo pulmón, maldijo porque la humillación era enorme, pero la soledad, la oscuridad, el destierro que se le avecinaba, le daban pavor. Maldijo hasta que las mismas maldiciones se agotaron de salir vomitadas. Igual no importaba, nadie lo escuchaba, nadie lo veía, excepto su compañera que no sabía cómo decirle que la misión tardaría mucho más de lo que pudieran imaginarse, y que aunque lo intentaran, ni ella ni él iban a lograr de ninguna forma, desertar.

Sin poder abandonar la misión, con el peso del universo en su espalda, asumió que su vida iba a seguir así, hundido en la soledad de la sombra de unas mujeres que no le importaban. Y para que él aceptara esto, fue indispensable Marla, su compañera de misión. De no ser por sus palabras aquella noche en el desierto, tal vez Atos le hubiera arrancado la cabeza por desertor, aunque su reino fuera uno pacífico.


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Sobre nosotros Jarhat Pacheco

Joven escritora colombiana.

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