CAPÍTULO 1 – EMANUELA

A veces, algunos lo tenían todo, y no lo valoraban, y ella que no tenía nada más que oscuros recuerdos de toda una vida vivida entre lágrimas, debía disimular que vivía bien, como cualquiera, pero no era cierto.

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 Retumbaba cada rincón con ese áspero sonido del reggaetón, y cada cuerpo zumbaba revoloteándose con espasmos casi que tortuosos sobre otro cuerpo. Básicamente, el propósito de este baile, constituía en derramar sudor sobre la ropa del otro y decirse sin palabras, —oye, quiero sexo—, o al menos eso era lo que pensaba Ema cuando veía a su amiga Nía manteniendo sexo público con un cuarto chico que la sacó a bailar.

Si sumaba las canciones y los chicos con los que su amiga había bailado antes del fornido moreno actual, casi podría considerar que era una maniática del sexo con ropa. Se preguntaba cómo era posible que se hubiera dejado arrastrar hasta ese lúgubre lugar de la fornicación pública. Nía sabía que a Ema le aburría este tipo de actividad social, bueno, realmente cualquier actividad social podría darle alergia hasta en las pestañas, pero por esa ocasión, accedió a ir solamente por tratarse del cumpleaños de su amiga, y porque además “solamente lo celebrarían ellas dos”. Está bien, ellas dos y cualquier desconocido que las sacara a bailar.

Ema no había bailado, y afortunadamente nadie se acercó a invitarla. Se miró a sí misma sentada sobre una silla de hierro pegada a la pared, vestida con esa larga falda de algodón en estampado de girasoles grandes que tanto prefería usar, y una blusa negra de tirantes ceñida a su silueta delgada. Y finalmente los zapatos deportivos rojos que sin pensarlo, se colocó un minuto antes de salir. Y aunque no podía verse el rostro, ya sabía cómo se veía. Se veía como recién despertada un domingo a las diez de la mañana. Ahora comprendía la razón por la cual ningún hombre se le hubiera acercado.

Pensó confusamente, que a lo mejor se hizo un favor al vestirse como normalmente lo hacía y no como Nía le sugirió hacerlo. Para nada se habría puesto ese vestido rojo brillante que no cubría ni media pierna. Se salvó de los machotes sexosos/bailarines. Observaba a las personas “normales” y no podía evitar sentirse extraña, como con un desasosiego de su vida: los demás, incluida su amiga, eran libres, y aparentemente muy felices, ¿qué sucedía con ella que no encajaba? ¿Por qué se sentía de otro planeta? Todos lucían felices, sudorosos pero felices. Ojalá ella fuera más como su amiga, quizás así no se sentiría tan sola. Nía lo tenía todo: vida social, vida amorosa, vida sexual, vida en la universidad, vida, vida, mucha vida. Y ella… ella solo tenía cerca a su papá ex alcohólico, sus libros y a Nía. Eso era todo lo que podría merecer alguien tan huraño.

Sonaba una canción que hablaba sobre enterrarle algo por alguna parte a la mujer, realmente asqueroso y sadomasoquista para su gusto, pero nadie se percataba de la violencia que infringían esas espantosas canciones a la mujer; le parecía denigrante que los demás disfrutasen tanto de la violencia. Era música, sí, pero al final, la violencia se puede practicar de muchas formas, y lo que sus oídos escuchaban, era violencia musical, repulsiva violencia musical. Así que sin querer dañar más sus oídos, y sin querer vomitarse en público, quiso tomar aire fresco. Se levantó caminando rumbo a la puerta de salida. Su amiga no se percató porque estaba arrinconada con un joven moreno que la doblaba en tamaño, y fue inevitable que Ema sintiera una punzada de decepción, no solo por Nía, sino por el género femenino en general.

El lugar afuera era mucho más libre, más sano, más respirable en comparación al caos dejado atrás. Pocos vehículos transitaban a esa hora en la calle. Doce de la noche y las personas en las sillas del andén de la discoteca eran escasas. Ninguna de ellas evidenciaba deseos de baile desaforado, y eso la tranquilizó de cierto modo, ya que quizás no solo ella prefería omitir bailar esa música. Se sentó en una mesa libre junto a un árbol, casi que al borde de la carretera.

El cielo estaba preciosamente despejado, tanto así, que se quedó embelesada observando a la luna. También vislumbró la brillante luz de las estrellas, y al contrario de querer a una estrella o a la luna en sus manos, se imaginó siendo una de ellas: sería hermosa y admirada si lograra emanar un brillo similar. Suspiró. A veces algunos lo tenían todo, y no lo valoraban, y ella que no tenía nada más que oscuros recuerdos de toda una vida vivida entre lágrimas, debía disimular que vivía bien, como cualquiera, pero no era cierto.

Ema era del tipo de mujer impenetrable de su cuarto para afuera, pero encerrada en esas paredes no era más que una niña que no olvidaba, que no perdonaba, y que se despreciaba a sí misma por no haber despertado el suficiente amor en esa persona que la abandonó aun sabiendo de sus necesidades. Todos la conocían como la chica lista, la chica con la que nadie jugaba, con la que nadie se metía ni incluía en su vida social universitaria para no tener que escuchar sus respuestas aunque evasivas, muy contundentes.

 

—Te pareces a ellas —escuchó a una voz hablar justo en la otra mesa, pero no se volteó. Evidentemente no se lo decían a ella. Además, el sonido de aquella enloquecedora música aún se escuchaba y no lograba definir si era una mujer o un hombre.

—Aunque tú puedes ser más relevante que una estrella —continúo diciendo la voz que gracias a que la canción que sonaba había terminado, y tras la breve pausa de cambio de canción, definió como la de voz de un hombre: era fuerte, su tono tenía un canto extraño, firme, muy devoradora, pero sobre todo, cautivadora. ¿Será que pensó en alta voz? ¡Qué vergüenza! Y como un reflejo involuntario, se giró en dirección a quien era dueño de la extraña voz. La imagen le arrebató el aire. “¡Es hermoso!” Pensó. Algo en ella se descolocó porque aunque en su vida cotidiana sí se percataba de los hombres atractivos que veía, por ninguno llegaba a sentirse nerviosa, ella jamás se pondría nerviosa por un hombre. Suficiente con su papá como para tener en su vida a otro. Sintió calor y las manos le comenzaron a sudar, atribuyendo esta sensación a un efecto de alguna sustancia psicoactiva. ¿Pero quién es? “Estoy drogada”, pensó con el estómago a punto de salir expulsado por su boca.

Lo primero que vio fue la fiereza en su mirada, sus ojos eran tan profundos, tan grises, tan grandes: eran unos ojos que hablaban por sí solos. “Tengo que irme de aquí”. Jamás había visto una mirada que le hablara como lo hacía esta. Se sintió ruborizada y el hombre lo notó y le regaló una sonrisa de medio lado. Su sonrisa… Iba a vomitar de nervios, o tal vez, ¿por efecto del dopaje? El sujeto se levantó con un estuche de guitarra en las manos y no le quitaba la mirada. “Ema, levántate que te van a violar”, tragó saliva, sentía que se ahogaría. El aire era escaso, pesado. ¿Qué le sucedía?  En ese momento recordó una vez que leyó sobre las almas que se conocen desde siempre, pero que andan en cuerpos diferentes y que una vez se ven a los ojos, no hay fuerza humana que logre separarlos. “Vete, Ema, ¡estás pensando estupideces!”.

Ella sonrío tímidamente mientras que mentalmente se llamaba de idiota e estúpida por haberse dejado drogar, e intentó recrear algún plan para huir sin caerse por efecto de las posibles drogas, pero no concibió ninguno, su bloqueo era total. Esperó a que su amiga notara su ausencia pronto, porque se sentía insegura e incapaz de reaccionar por ella misma. Sabía que nada bueno podría suceder de un encuentro con un tipo extremadamente misterioso como ese, a esa hora de la noche. Miró a todos lados, nadie se percataba de su incomodidad. Él se presentó.

—Soy Marco, me agrada realmente haberte encontrado por fin.

— ¿Perdón? —Preguntó ella con la voz chillona de los nervios. No se creía que le hubiera salido una voz tan espantosa. “Ema, deberías gritar”.

—Sí, por fin te encontré —Respondió Marco con sonrisa amplia mientras se rascaba la cabeza con actitud despreocupada. Él bromeaba.

— ¿Cómo dices? —interrogó de nuevo Ema, ya esclareciendo su voz. El tipo estaba loco, pensó. Ya se le estaba olvidando la idea de la droga.

— ¿Cómo qué? ¿Acaso no sentiste que mi alma te dijo que tú eras mi alma y que yo era la tuya?  —Respondió riéndose e inclinando su cuerpo hacia adelante para poder tener una visión más cercana de la reacción de la mujer. Daba a entender con la expresión de su rostro que decía algo completamente natural. Ema se sintió extraña, como si una mano la empujar hacia él.

— ¡Estás loco! —exclamó desconcertada. Aún se sentía con poco aire en los pulmones, y le preocupaba que su teoría de la droga no fuera tan descabellada.

—No. Pero casi. Comencé a perder la cordura en el mismo instante en que tu belleza opacó la de esas —dijo con una mirada feroz y tranquila sobre ella, y sin dejar de mirarla, señaló a las estrellas que adornaban el cielo.

—Estás exagerando…—dijo Ema con actitud cansada— Y me llamo Ema.  “Soy re-estúpida”.

—Ema es un buen nombre, pero algo le falta, ¿no es cierto? —preguntó Marco extendiendo la silla al mismo lugar donde Ema se había encontrado sentada, como indicándole que se sentara de nuevo. Ella lo entendió y se sentó mientras se preguntaba mentalmente a qué se refería con que algo faltaba.

—Quiero decir —comenzó a responderle como si leyera su mente, al tiempo que se sentaba—  ¿Ema es un diminutivo de un nombre, así como Alex lo es de Alexander?

—Ah, te refieres a eso —dijo Ema con desdén— mi nombre es Emanuela, pero todos me conocen como Ema, y realmente prefiero Ema —terminó diciendo al tiempo que apoyaba sus codos en la mesa, como si pensar en su nombre le causara fatiga. “¿Por qué sigo aquí?”

—Entiendo, pero Emanuela es más significativo. Más importante. Más trascendente —y se inclinó sobre la mesa para estar al mismo nivel que al de ella. Luego como si contara un secreto, con sus rostros muy cerca, mirándose uno al otro, y olvidándose de la estrepitosa música, le susurró de tal modo, que ella quedó prácticamente momificada.

—Ema seguramente quiere decir que prefieres acortar y restarle valor a lo realmente grande que es tu vida, y eso es vergonzoso. Por otro lado, Emanuela es el femenino de Emmanuel, ¿o no?, y déjame decirte que Emmanuel trasciende fronteras territoriales y límites mentales, supera pensamientos, va más allá de lo natural y lo tangible y lo entendible. Emmanuel es la prueba de que Dios está con nosotros. Y tu nombre es la certeza de que el Creador está contigo y lo ha estado desde antes de que tú nacieras, porque antes de que lo hicieras, ya Él había planteado algo importante, grande y sorprendentemente maravilloso para ti.

Ema que lo escuchaba con un claro síntoma de aturdimiento, estaba tratando de no reírse para no parecer más estúpida de lo que estaba pareciendo, pero lo que él decía no era más que una fantasiosa idea de las personas para poder soportar y darle justificación a las desgracias de la vida. Igual su nombre era Emanuela y no Emmanuela, hasta en eso tuvo mala suerte: pudo haber llevado un gran nombre pero alguien lo arruinó en el registro. Esa historia se la sabía: el funcionario no escribió su nombre como era. Y por eso Marco se equivocaba con respecto a su nombre; Emmanuela sería maravillosa, tal vez la tipa hubiera vivido una mejor vida, pero no ella, no siendo Emanuela, y por eso prefería llamarse Ema. De igual manera, el argumento de Marco era rebuscado, le pareció que pretendía llamar su atención, pero lastima, de esa forma solo estaba logrando afianzar su idea de salir corriendo.

Por lo menos ella tenía claro que la suerte no estaba de su lado y no esperaba que se le resolviera por medio de algo inexistente. Aunque debía aceptar que la forma en que se lo decía era inquietante, pero nada más. Y aunque no estuviesen de acuerdo, el hombre sabía cómo mantenerla atenta a lo que expresaba, aun cuando no era en absoluto un tema del que quisiera hablar. Ni ese día ni nunca. Suspiró. Él se ubicó de nuevo rectamente sobre la silla. Luego la miró con una mirada que a ella le pareció una mirada que contenía ternura escondida.

—Debo irme —dijo finalmente al ver que ella no se interesaba en la conversación. Y ella que ya estaba considerando en llamar a una ambulancia para que la llevaran a urgencias y le extrajeran cualquier resto de la sustancia que tuviera en su organismo, se alivió, aunque no del todo, de que Marco se marchara.

— Eh… adiós entonces —respondió Ema sacando del fondo de su ser a su Yo inteligente. Lo más coherente era que se fuera para que así ella pudiera entrar a la discoteca a refugiarse en los brazos de su amiga.

—Bueno, bueno —pero él no podía disimular la gracia que le causaba verla sin saber cómo actuar ante su presencia.

—Emanuela, dime lo que quieras. A partir de este momento soy tuyo. Lo seré siempre hasta el fin de este y todos los mundos —y se carcajeó con tanta fuerza, que ella no pudo evitar creer que el hombre tenía problemas mentales, y muy serios.

—Eres tan raro… ¿Eres hippie o una cosa así? ¿O caso perteneces a una de esas sectas que existieron en los 80s? No entiendo por qué dices esas cosas… pero…que te vaya bien, adiós… —Ema creyó que tal vez había sido demasiado grosera, pero se mantuvo en esa posición porque un desconocido es un desconocido en Rusia o en la Cochinchina. Luego se recostó sobre la silla y emitió un imperceptible suspiro mientras que observaba a las estrellas. Qué tonto pensar que una persona es más importante que una estrella, pero le agradó muchísimo que se lo dijeran, y ya que el cumplido salió de una persona con esos supuestos problemas que ella le estaba inventando, prefirió fingir desinterés.

— ¡Creo que me drogaste! —Exclamó finalmente, y ni ella misma pudo creerse que eso saliera de su boca. Marco soltó una enorme carcajada. Claramente le divertía la mujer. Claramente no quería terminar la conversación.

—Emanuela, ¡tú eres el mejor humano que se me ha permitido conocer! — le expresó Marco intentando ocultar nuevamente su risa. ¿Acaso la veía como un payaso? Y al ver la expresión interrogativa y dudosa de Ema, aclaró— Digo, no es como si tuviera mucha vida social —terminó diciendo.  A lo que ella entendió como un chiste.

— No creo eso. Estás aquí —respondió Ema bufando de él y señalando a la discoteca.

— ¡Pero tú también! —Alegó él—. Y no pareces de este medio social. ¿O me equivoco?

Él tenía razón, así que no se lo discutió porque le daba fatiga dar respuestas  a las personas sobre sí misma. Y más si eran personas a las que no conocía.

— ¡Ema, Ema! —se escuchó un grito lejano. Era Nía que ya había notado la ausencia de su amiga— ¿Qué haces allá? —Preguntó con movimientos mudos en los labios. Ema le respondió de la misma manera— nada.

—Debo irme… Emanuela, estamos en contacto —le aseguró al ver que estaba a punto de sobrar en la conversación.

— ¿En contacto, cómo? —preguntó fingiendo nuevamente desinterés.

—No debes encontrarme, yo siempre te encontraré. ¿Acaso no fui yo el que te encontró en medio del ruido de la gente? —Sonrío despreocupadamente, y ella ladeo su cabeza sin entender de qué hablaba, pero volvió a asumir que algo no iba bien con él, y se lamentó porque le agradaba a pesar de lo raro del encuentro.

—Está bien —suspiró resignada. No iba a luchar en contra de su mala suerte, nunca lo hizo antes. Además, era un desconocido, y ya suficiente drama tenía en su vida como para desgastarse por un hombre del que no sabía nada más que su nombre.

Marco tomó su guitarra y se inclinó para darle un beso en la frente. Le dio un beso que la hizo sentirse mucho más extraña de lo que se sentía en su vida cotidiana. No se movió porque quedó pasmada, y él se fue sin mirar atrás. Volvió a suspirar. ¡Qué mala suerte la de las feas! Pensó. Ahora le tocaba un loco.

—Esto es raro —dijo ya una vez sola.

— ¡Oh santos chocolates! ¿Qué es eso tan delicioso que te acaba de besar Emanuela? —Era Nía, la gran Nía aportando comentarios tan valiosos.

—Ema, Ema, Nía. Solo Ema —la corrigió ignorando la pregunta.

—Como sea. Respóndeme antes de que le grite para que se devuelva.

—Se llama Marco —respondió levantando las manos frente a su amiga en señal de derrota— y es raro, y muy loco.

— ¿Raro? —gritó Nía estirando su cuerpo hacía atrás con las manos puestas en su cintura—. ¡Es un dios! ¿A caso no te has fijado tonta ciega? —Y soltó un silbido pícaro en dirección a su amiga— ¡Necesito un loco así en mi vida, dioses de la cerveza, hagan el milagro en mí! —Ahí estaba su amiga, con sus ocurrencias, y no pudo evitar una risita.

Ema por supuesto que se había percatado de su físico, pero sentía que había algo más atrayente y misterioso en él, pero no quería explicarle nada a su borrachina amiga, así que solo se limitó a lanzar un comentario en ataque.

—Sí, soy una tonta ciega. Vamos y sigue con tu sexo público —Nía gruñó pero no replicó. Estaba ya lo suficientemente alicorada como para que le importara cómo veía Ema el baile en las discotecas.

—Vamos suertuda fea —terminó diciéndole Nía. Ema caló un poco de aire para intentar no emitir un comentario que fuera mal interpretado por la loca de su amiga.


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Adelanto del siguiente capítulo

 

Sobre nosotros Jarhat Pacheco

Joven escritora colombiana.

7 comentarios

  1. Pingback: El comienzo del fin - Jarhat Pacheco

  2. me encantó…esta En a Es una chica con suerte…y él más!!! vamos por el segundo mi Jarhat…

  3. WooW!!! Me he quedado intrigada, ha captado toda mi atención, me encantó!! Quiero saber más de Ema y Marco y lo qué ha pasado con la humanidad… Jarhat es magnífico leerte. Espero muy pronto el segundo capítulo, saludos!!!

  4. Eloísa Hernández Espinoza

    Me encantó, definitivamente te atrapa!

  5. Sabes que me encanta lo que he podido leer de tu novela y me encanta que te hayas animado a publicar los primeros capitulos <3
    Muchos éxitos con tu historia!
    Besos.

  6. Cuándo sale el capitulo 2??? Quiero leerlo!

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